Mitos y Leyendas
EL PUTO ERIZO
-Yo conozco la mina por dentro y por fuera. Me crie en ella. Yo sé que los planos son inmodificables. Son los mismos del tiempo de la colonia. No se pueden cambiar así no más, de un momento a otro.
- En cuanto a los planos del tiempo de la colonia, eso lo sabemos señor Risales. Pero, la realidad actual es otra.
- Ustedes me engañan para ahorrarse el pago de las regalías.
- No pretendemos engañarlo de ninguna manera, señor Risales, en lo más mínimo. Pero tampoco podemos pagar las regalías a dos personas.
- Precisamente, por honradez, las estamos pagando a Maximiliano Agudelo, aunque hubiéramos podido ocultarle el hecho de que el filón entra en su propiedad. Él está en su derecho. Escoja, don Juancho Risales: le tomamos en arrendamiento su predio, o se lo compramos.
- ustedes quieren desterrarme de aquí, donde nací. De aquí no me sacaran si no en pedazos. Y se irán con sus instalaciones a otra parte. Pero, no acepto esa clase de arreglos.
- También le podemos pagar una bonificación de una vez por todas, reconociéndole, además, el arrendamiento de su predio, si no quiere venderlo.
- lo único que acepto es que me sigan pagando las regalías, en castellanos de oro como antes.
- Don Juancho, si usted no se aviene con un arreglo, nos veremos en la necesidad de llevar el asunto al juzgado de Sonsoná.
- ¿Al juzgado de Sonsonà?
– repite Don Juancho Risales con irania. Usted sabe muy bien quien es Juancho Risales aquí y en cualquier parte. Y dando un puñetazo que hace saltar los tinteros del escritorio, sale de un portazo que queda resonando en los oídos de don Emilio, el administrador de la mina. Mientras tanto, resuena el ruido de los pisones de los molinos, triturando el mineral a golpes de bronce. Don Emilio destapa una botella de Brandy, se ciñe el revólver y trata de saborear serenamente el trago, pero la actitud de Juancho Risales le deja muy mala espina. No por nada lo llaman el Puto Erizo.
- Erizo Puto, se dice ¿habrá ido a amarse? Pero tampoco le voy a mostrar miedo. Entonces se levanta San Pascual de los Reyes sobre el espinazo de la colina, como una cresta erizada de caritas blancas, de guaduas y astillas. Y abajo, bastante abajo, en las orillas de la quebrada de la Rumazona, en donde terminaba la ladera, la mina de Rio Dulce. Los restos de la explotación de los días de la colonia, había sido redescubiertos el siglo anterior, y la mina había pertenecido a diversos dueños, entre ellos dos ciudadanos norteamericanos, Mr.Olson y Mr. Owens, por lo que la mina se llamo un tiempo la mina de las dos Oes. En ella había nacido y crecido Don Juancho Risales., hijo de unos de los propietarios, y de una cocinera. Del padre recibió el sonoro apellido y las facciones que se revelaban en el continente moreno del mestizo. Sus ojos eran negros como la obsidiana. Electrizaba a las mujeres con su labia.
Vivía de olas regalías, que por costumbre inveterada, la pagaban en castellano de oro. No trabajaba; si lo hacia era por divertir el tiempo, o cuando por daños ocurridos en las maquinas, acudían e él. Su llegada a San Pascual de los Reyes, era un acontecimiento semanal. En un caballo bayo, con zamarros leonados, espuelas de cobre, pañuelo raboegallo, sombrero alón y revolver al cinto, se imponía su presencia. Frecuentemente se veía envuelto en riñas, pero, nadie lo vencía ni hería, ni lo podían encarcelar, porque, según decían los vecinos “era ayudao”. Se le desvanece a la policía cuando intentan agarrarlo, dicen unos que en Playarrica, los policías invadieron la casa donde el dormí, pero, mientras forzaban la cerradura, se convirtió en un racimo de plátanos. Cuando ellos entraron, no hallaron mas que el racimo y de el comieron plátanos maduros. Después el se reía viéndose desgarradas las mangas de su camisa. También dicen que no le entra ni la bala ni el machete, como si la piel fuese una coraza de acero. Lo cierto es que cuando Juancho Risales estaba de gracia, hacia servir aguardiente de Zamanares para todos y se revelaba confidencias de su vida. A mi, nadie me jode, dijo una vez. No he matado, no tengo necesidad de hacerlo. Me hago respetar aquí y en cualquier parte. Yo tengo mis secretos. No le hago mal a nadie. Y hay de aquel que se meta con Juancho Risales. En una de esas tertulias alguien le pregunta:
- Don Juancho, ¿usted ha leído libros malos?
- ¿Malos? No. Libros de magia negra. Y es mucho lo que he aprendido de ellos.
Pero, oiga hermanito. Cuidado lo sabe el Padre Daniel. El puede saber mucho de santos y de rezos, pero, yo se de magia. El primer libro que leí fue el dragón rojo, que tenía un minero de Playarrica. Después me conseguí las virtudes de Satán. El Hércules de la magia. Ahí empecé a sentirme como otro hombre. Pero, el que me dio resultado fue los caballos de Sansón. Ahí si hay libro. Pero, cuidado no me delate, no sea que el Padrecito Daniel me eche encima la corte celestial. Así andaban las cosas en San Pascual de los Reyes. El Puto Erizo entrada y salía, hacía y deshacía, hasta que el filón de la mina torció su dirección hacia un previo ajeno. De la noche a la mañana, flaqueo su ilusión. No le iban a pagar sus pretendidas regalías en castellanos de oro y lo citarían al juzgado de Sonsoná.
Días más tarde, del otro lado de la quebrada de Pasa hondo, se divisan cuatro jinetes que galopan rumbo a San Pascual de los Reyes. Se detienen en cada cantina y vuelven a galopar disparando los revólveres.
- Es el Puto Erizo, que viene de Sonsoná. Ahora sí, que se tengan los de la mina; dice Agustín Osorio.
- Pero, ya reforzaron la entrada. Contesta Heliodoro Hincapié. Sin embargo, el Puto Erizo es el Puto erizo. ¿Quién sabe que va a pasar? Cuando suenan las campanas de la capilla llamando a la oración, repican las herraduras de los caballos en el empedrado de San Pascual de los Reyes. Los jinetes se apean en la primera cantina de la entrada. La gente tiembla. Los portones están cerrados.
- ¿Quién vive aquí?
– Grita el Puto Erizo, con su voz demudada por el aguardiente. ¿Quién vive aquí carajo? ¿Algún afeminado que no tiene pantalones? Vamos muchachos, no es esta la única cantina del pueblo. Unas cuadras más adelante se detiene de nuevo, y con las cachas de los revólveres golpean fuertemente la puerta cerrada.
- Que salgan si no tienen miedo, y les dejo mis últimos castellanos de oro.
- Vamos a la cantina de Solano, dice el Puto Erizo.
-. Ese si es un verraco y ola tiene abierta. Los jinetes hacen escupir a la noche con ráfagas de fuego, y restalla en chispa el empedrado de la calle. Pero, también la cantina de Solano está cerrada.
- ¿Dónde está Solano? Que salga si no es gallina. Aquí le dejaré mis últimos castellanos de oro. Pero salí cobarde. Al fin, no por valentía, si no por miedo, ante el griterío del grupo, les abre.
- ¿Dónde estabas escondido, rata miedosa?
– dice el Puto Erizo. Aquí te voy a gastar mis últimos castellanos de oro. No temas, zopenco. En la cantina terminan dominados por el alcohol, cesan poco a poco los gritos, y viene la paz oscura del resto de la noche. Llega la feria de Zamanares: el Puto Erizo esta sin dinero dice a su amigo Arcadio Robledo:
- Nos vamos para la feria, no gastar plata, si no a conseguirla.
- ¿A conseguirla? ¡ Y cómo?
- Ya lo veras. Nos iremos a pie. Antes de llegar al pueblo, yo me convertiré en una res; y tú me venderás. Al día siguiente estaremos partiéndonos en dinero. Eso sí, no entregues el lazo.
- No puede ser,
-contesta Arcadio maravillado
- Ya lo veras. ¿Y secreto de hombres?
- Secreto de hombres y de amigos,
-responde Arcadio. Luego, se dan las manos. En la mitad del camino Arcadio observa una palma de corozos el racimo esta rojo, bellamente rojo.
- Que lindos corozos, - comenta Arcadio. -¿Quieres que los alcance? pregunta el Puto Erizo.
- ¿De poderse? Claro.
- Toma la punta de mi ruana. Mira atrás y cuenta tres. Cuando Arcadio vuelve la mirada, se halla agarrado a cola de un mico. El mico tira palma arriba hasta llegar a la altura de la misma. Toma el racimo y desciende, haciendo monerías y festivo. Arcadio recibo el racimo. Y en el momento de recibirlo se esfuma el mico y reaparece Juancho Risales, el Puto Erizo.
- ¿Ves que si se puede? Dice Juancho a Arcadio, y añade:
- Y ya verás lo que va a pasar en la mina. ¿Me cerraron el pueblo? Las van a pagar. ¿Secreto de amigos?
- De amigos y de hombres.
– repite Arcadio. Un lunes, cuando los obreros vuelven a las labores de la mina encuentran trabados los tres molinos. Al querer ponerlos a marchar, avanzan y retroceden en un vaivén continuo. Hay piedras y palos en los ejes y los engranajes. Hay que desarmarlos y limpiarlos; y en eso se van varios días. A los pocos días se repite el mismo fenómeno. La reproducción de la mina retrocede.
En el interior de los socavones sucede que de un momento a otro se pagan las lámparas de acetileno. Los obreros se hallan sumergidos en la oscuridad, al tiempo se oyen voces y gritos hòrridos que se propagan en la oscuridad; se agarran unos de los otros, casi desgarrando los vestidos, en busca de las salidas.
Y cuando ya están cerca de ellas, los gritos se convierten en estruendosas risotadas y vuelven a encenderse las lámparas. El fenómeno se repite, como el de los molinos. Los obreros empiezan a abandonar la mina. Solo los ingenuos enganchan para retroceder luego. Los empresarios se devanan la cabeza para remediarlo todo, pero no hallan el camino. Finalmente otro lunes aparecen derrumbadas todas las entradas de los socavones. Han sido dinamitadas y no se reconoce el lugar donde estaban situadas. La mina acaba por ser abandonada.
Las instalaciones se deterioran con el tiempo, crecen las malezas, los árboles y no queda huella visible del lugar de la mina. San Pascual de los Reyes empieza a morir.
EL PUEBLO NUEVO Hay noches en San Pascual de los Reyes en que no se puede descansar en paz. No solo hay pobreza, si no temor. De repente crucen los techos; un impulso se siente caminar de casa en casa, de cuadra en cuadra, de punta a punta del caserío. La edificación se mueve, como un reptil que se despereza. Al mismo tiempo, el aire se agiganta en viento resonante por entre los intersticios de las tablas y los canutos de guadua. El impulso casi habla como en un quejido. Caen golpes como balas de granizo. Las agentes salen desfavorecidas, pero todo ha sido ilusión. Empieza el éxodo. Los que venden a menos precio se van a la playa, entre los ríos Samàn y Viernes, y nace Puerto Viernes enmarcado como entre un triángulo de espumas. Pero, un día llega a San Pascual de los Reyes el padre Daniel. Ven su sotana y se reúnen los vecinos esperanzados es hombre de fama espiritual y muy virtuoso. Dicen que camina sin cansarse y que camina sin detenerse.
- Padre, por Dios,
-le dice el maestro Roberto Giraldo: haga algo por San Pascual de los Reyes. El pueblo se va acabar. Ya no hay paz por temor a los maleficios.
- Le vamos a poner una tranquita a este asunto. Les dice: Tengan fe en la oración.
La fe todo lo puede. Al día siguiente, las campanas de la capilla suenan arrogativas, con ese eje cansado y suplicante de las calamidades. Los fieles acuden al tropel. El padre viste su pluvial morado, canta los salmos penitenciales, y el pueblo lo sigue en procesión recitando el rosario. Los procede el Cristo del perdón. El oro de la tarde se derrite en la luz de los cirios. Terminada la procesión, el Padre despide a sus fieles y se entra solo para continuar, en la noche, la vigilia del ayuno comenzado en el día. Toma el libro de los Salmos y recita los penitenciales, saboreando su contenido a través de las palabras latinas. Todo está en silencio y en oscuridad. Solo hay una luz en los cirios de la capilla. El silencio devuelve el eco de sus palabras en el recinto vacío. “No temerás el espanto nocturno”. Las palabras del salmo resuenan también en el interior de su mente. El eco de su voz es devuelto como si no fuese su voz. De repente oye crujir las vigas del techo. Alza los ojos en la oscuridad y nota que un cuerpo se balancea entre viga y viga.
- Es un mico
– se dice. Pero, un mico aquí, ¿de dónde? El mico grita con raras modulaciones que el no ha oído antes. Un frío helado le recorre la piel. ¿Cómo espantarlo? ¿Le arrojara un candelero? ¿Lo enlazara con un rejo de las campanas? Mientras el lo piensa, el mico se desplaza de viga en viga hasta llegar al campanario; agarra el rejo de las campanas, las hace oír a esa hora silenciosa y empieza a descolgarse.
El mico grita de contento; el Padre se acerca cautelosamente hasta que su mirada se encuentra con los ojos del animal. Hay una chispa roja en sus ojos, como la del pabilo cuando se ha apagado la llama. El Padre se desconcierta por un momento.
Luego, se recoge como para tomar un hálito espiritual y dice con imperio:
- Vade retro Sàtana, in nomine Jesù! Fuera Satanás, en el nombre de Jesús. A estas palabras se apagan las luces del mico, y su cuerpo se desvanece en las sombras como copos de algodones negros. El Padre vuelve, casi sin fuerzas, a sentarse en su silla del altar. Medio desvanecido por la impresión, entra en una especie de sopor. Después, repuesto, vuelve a los salmos. El viento se filtra hacia el interior, crece en forma de torbellino y se torna un huracán. Luego viene la lluvia, se apagan los cirios y se filtra el fuego de los relámpagos en medio del estallido de los truenos. El Padre vuelve a sentir temor; se dobla en su silla.
Cercado por la oscuridad y el temporal; recuerda el otro salmo: “Mi compañía son las tinieblas”. Finalmente amaina la tempestad, cede la tensión de los nervios y se abre paso nuevamente la calma del amanecer. Otra vez enciende los cirios y vuelve a tomar el libro de los salmos. Entonces recita: “Un corazón contrito y humillado tu no lo desprecias”. El eco de sus palabras es devuelto en el silencio del interior, como si su voz no fuese su voz. El rumor de las aguas corre y desciende como queriendo alcanzar el clarar del amanecer. Meditando en el salmo, escucha unos golpes en la puerta de la capilla. Aguza el oído. Los golpes se repiten con insistencia. Todavía sin abrir se dice:
-¿Quién puede llamar a estas horas? Entonces se percata de que al otro lado de la puerta alguien forceje de manera extraña. Abre: unas manos nerviosas se aferran a las suyas, haciéndolo estremecer. El hombre se esfuerza por decir algo, como por desprenderse de algo que le impide en su interior. El Padre lo comprende todo. Y empieza a increpar con vigorosa voz: NON DRACO SIT MICHI DUX, CRUX TUA SIT MIHI DUX. Es la oración que se extiende en la Cruz de san Benito. Lo repite una y otra vez, el hombre titubeando y arrastrando las palabras intenta decirlas también. MI CAPITAN NO ES EL DRAGON, TU CRUZ ES MI LUZ.
Cuando logra repetirlas claramente, suelta las manos y respira profundamente, como si algo muy pesado hubiese salido de si. El Padre, imponiendo sus manos sobre él, recita una formula sacramental. Cuando asoman los primero tintes de la aurora Juancho Risales sale por la única calle de la aldea camino de Pasahondo, todavía solitaria. Antes de pasar el puente, deja las sandalias en la orilla. El tronar de las aguas ensordece las palabras con que se habla a si mismo. Pasando el río se siente sacudido por otro ruido, como de algo que se desploma. Mira hacia atrás y ve flotando en las aguas las ruinas del puente. A esa hora el Padre ha concluido su vigilia y ha cerrado el libro de los salmos.